Las
compañías dedicadas a la ingeniería genética frecuentemente
afirman que los organismos modificados genéticamente (OsMG), específicamente,
las semillas, son descubrimientos científicos indispensables para
alimentar el mundo, proteger el ambiente y reducir la pobreza en los
países en desarrollo. Esta opinión se apoya en dos suposiciones críticas,
las cuales se cuestionan en este foro. La primera es que el hambre se
debe a una brecha entre la producción de alimentos y la densidad de
la población humana o tasa de crecimiento. La segunda es que la
ingeniería genética es la única o la mejor forma de incrementar la
producción agrícola y, por tanto, enfrentar las necesidades
alimentarias futuras.
El objetivo de este foro es objetar la noción de ingeniería genética
como una solución de bala mágica a todos los males de la agricultura,
mediante la aclaración de conceptos erróneos relacionados con estas
suposiciones implícitas.
1. No hay relación entre la ocurrencia frecuente de hambre en un
país y su nivel de población. Para cada nación densamente poblada y
hambrienta como Bangladesh o Haití, existe una nación escasamente
poblada y hambrienta como Brasil e Indonesia. El mundo produce
actualmente más alimento por habitante que nunca antes. Existe
suficiente alimento para suministrar 2 kg por persona por día: 1,2 kg
de granos y nueces, aproximadamente 0,5 kg de carne, leche y huevos y
0,5 kg de frutas y vegetales. Las verdaderas causas del hambre son la
pobreza, la desigualdad y la falta de acceso. Demasiadas personas son
muy pobres para comprar el alimento que está disponible (pero
frecuentemente poco distribuido) o carecen de la tierra y recursos
para cultivarlos ellos mismos (Lappe et al. 1998).
2. La mayoría de las innovaciones en ingeniería genética
aplicadas a la agricultura han tenido como propósito la obtención de
ganancias más que la solución de las necesidades. La verdadera
fuerza propulsora de esta industria no es hacer a la agricultura del
Tercer Mundo más productiva, sino preferiblemente generar ganancias
(Busch et al. 1990). Esto se ilustra al revisar las
principales tecnologías disponibles en el mercado: a) cultivos
resistentes a los herbicidas, tales como la soya "Roundup
Ready" que es tolerante al herbicida Roundup, y b) cultivos
"Bt" los cuales son transformados para producir su propio
insecticida. En el primer caso, la meta es ganar una mayor participación
en el mercado para un producto patentado y en el segundo, promover la
venta de semillas, al costo de dañar la utilidad de un producto clave
en el manejo de plagas como es el insecticida biológico basado en Bacillus
thuringiensis. Este es utilizado por gran cantidad de
agricultores, incluyendo a la mayoría de los productores de cultivos
orgánicos, como una alternativa al uso de insecticidas sintéticos.
Estas tecnologías responden a la necesidad de las compañías de
intensificar la dependencia de los agricultores a las semillas
protegidas por los derechos de propiedad intelectual, los cuales se
oponen a los derechos de antaño de los productores de reproducir,
compartir o almacenar semillas (Hobbelink 1991). Cada vez que sea
posible las corporaciones ofrecerán a los agricultores los
suministros de su compañía y les prohibirán guardar o vender
semilla. Al controlar el germoplasma de la semilla para la venta y
forzar a los productores a pagar precios altos por paquetes de
semillas modificada, las compañías están procurando obtener la
mayor ganancia de su inversión (Krimsky y Wrubel 1996).
3. La integración de las industrias de semillas y de agroquímicos
parece destinada a acelerar los incrementos en los gastos por unidad
de producción de semillas y productos químicos, lo que reduce
significativamente las utilidades de los productores. Las compañías
que desarrollan cultivos tolerantes a los herbicidas están tratando
de trasladar, en lo posible, el costo del herbicida a la semilla,
aumentando su costo y los costos tecnológicos. Las reducciones
crecientes en los precios de los herbicidas estarán limitadas a los
productores que compren paquetes tecnológicos. En Illinois, la adopción
de cultivos resistentes a los herbicidas constituye el sistema de
semilla de frijol de soya + plaguicida más costoso en la historia
moderna, entre US$100 a US$150 por ha, dependiendo de los precios y la
presión de infestación, entre otros. Hace tres años, el costo
promedio de la semilla y el control de las plagas en las fincas de
Illinois fue de US$65 por ha y representaba el 23% de los costos
variables. Hoy estos costos representan el 35-40% (Benbrook 1999).
Muchos agricultores están dispuestos a pagar por la simplicidad y
robustez del nuevo sistema de manejo de plagas, pero tales ventajas
pueden tener corta duración porque pueden surgir problemas ecológicos.
4. Pruebas experimentales recientes han mostrado que las semillas
fabricadas mediante ingeniería genética no aumentan el rendimiento
de los cultivos. Un estudio reciente del Servicio de Investigación
Económica del USDA mostró que en 1998 los rendimientos de cultivos
transgénicos no fueron significativamente diferentes a los alcanzados
por los no transgénicos, en 12 de las 18 combinaciones de cultivo/región
analizadas. En las restantes seis combinaciones donde los cultivos Bt
produjeron más, su rendimiento fue entre 5-30% mayor. El algodón
tolerante al glifosfato no mostró un aumento significativo de
rendimiento en ninguna región estudiada. Esto fue confirmado por otro
estudio donde se examinaron más de 8000 muestras de campo, determinándose
que las semillas de soya Roundup Ready producían menos cantidad de
soya que las variedades similares producidas convencionalmente (USDA
1999).
5. Muchos científicos explican que la ingestión de alimentos
transgénicos no es dañina. Sin embargo, evidencias recientes
muestran que existen riesgos potenciales al comer tales alimentos, ya
que las nuevas proteínas producidas por estos alimentos pueden actuar
ellas mismas como alérgenos o toxinas, alterar el metabolismo de la
planta o el animal que produce el alimento, lo que hace a éste
producir nuevos alérgenos o toxinas, o reducir su calidad o valor
nutricional. Este es el caso de los frijoles de soya resistentes a los
herbicidas, los cuales contienen menos isoflavones (un importante
fitoestrógeno) a los cuales se les atribuye la capacidad de proteger
a las mujeres de varios tipos de cáncer. Actualmente, en muchos países
en desarrollo que importan frijol de soya y maíz de los EEUU,
Argentina y Brasil, donde se cultivan alimentos modificados genéticamente,
estos productos están comenzando a inundar los mercados, y nadie
puede predecir todos sus efectos en la salud de los consumidores, la
mayoría de ellos ignorantes de que están comiendo este tipo de
alimento. Debido a que los productos transgénicos se mantienen sin
identificación, los consumidores no pueden discriminar entre alimento
por IG y no-IG, y de surgir serios problemas de salud, sería
extremadamente difícil rastrearlos hasta su origen. La falta de
etiqueta también ayuda a proteger a las corporaciones que podrían
ser potencialmente responsables de obligaciones (Lappé y Bailey
1998).
6. Las plantas transgénicas que producen sus propios insecticidas
siguen el paradigma de los plaguicidas, el cual está fracasando rápidamente,
debido al desarrollo de resistencia a estos productos por parte de las
plagas. El fracasado modelo "una plaga un producto químico",
está siendo reemplazado por la ingeniería genética con una
aproximación "una plaga un gen", modelo que ha fallado una
y otra vez en pruebas de laboratorio, ya que las especies de plagas se
adaptan rápidamente y desarrollan resistencia al insecticida presente
en la planta (Alstad y Andow 1995). No solamente fracasarán las
nuevas variedades, a pesar de los llamados esquemas de manejo de la
resistencia voluntaria (Mallet y Porter 1992), sino que en el proceso
el plaguicida biológico "Bt"se podría volver ineficaz. Los
cultivos Bt violan el principio básico y ampliamente aceptado de
manejo integrado de plagas (MIP), de que el uso unilateral de una sola
técnica de manejo de plagas tiende a provocar cambios en las especies
de plagas o la evolución de resistencia a través de uno o más
mecanismos (NRC 1996). En general, mientras mayor sea la presión de
selección en el tiempo y espacio, más rápida y mayor será la
respuesta de evolución de la plagas. Una razón obvia para adoptar
este principio es que reduce la exposición de la plaga a los
plaguicidas, lo que retarda la evolución de la resistencia. Pero
cuando el plaguicida es incorporado a la planta, mediante ingeniería
genética, la exposición de la plaga pasa de mínima y ocasional a
exposición masiva y continua, lo que acelera dramáticamente la
resistencia (Gould 1994). Entonces el Bt será rápidamente ineficaz,
tanto como elemento incorporado en las semillas, como plaguicida biológico
asperjado por los productores como alternativa a los productos químicos
(Pimentel et al. 1989).
7. La lucha global por la participación en los mercados está
llevando a las compañías a diseminar masivamente cultivos transgénicos
en todo el mundo (más de 30 millones de hectáreas en 1998) sin la
investigación adecuada sobre su impacto, a corto y largo plazo, en la
salud humana y en los ecosistemas. En los Estados Unidos, la presión
del sector privado ha llevado a la Casa Blanca a decretar "sin
diferencia sustancial" la comparación entre las semillas
alteradas genéticamente y las normales, evadiendo así la prueba
normal del FDA y el EPA. Algunos documentos confidenciales hechos públicos
en un litigio por una demanda en curso, reveló que los propios científicos
del FDA no coinciden con esta determinación. Una razón es que muchos
científicos están preocupados por el uso, a gran escala, de cultivos
transgénicos debido a los riesgos ambientales que representan para la
agricultura sostenible (Goldberg 1992, Paoletti y Pimentel 1996, Snow
y Moran 1997, Rissler y Mellon 1996, Kendall et al. 1997,
Royal Society 1998).
a. La tendencia de crear grandes mercados internacionales para
productos específicos, está simplificando los sistemas de cultivo y
creando uniformidad genética en las áreas de producción. La
historia ha mostrado que un área muy grande sembrada con una sola
variedad de un cultivo es muy vulnerable a nuevas cepas de patógenos
o a insectos plagas. Además, el uso intensivo de variedades transgénicas
homogéneas, llevará inevitablemente a la "erosión genética",
a medida que las variedades locales utilizadas por miles de
productores de países en desarrollo sean reemplazadas por las nuevas
semillas (Robinson 1996).
b. El uso de cultivos resistentes a los herbicidas debilita
paulatinamente las posibilidades de diversificación de cultivos y
reduce la biodiversidad agrícola en el tiempo y el espacio (Altieri
1994).
c. La transferencia potencial de los genes de cultivos resistentes
a los herbicidas hacia especies relacionadas, tanto silvestres como
semidomesticadas, puede llevar a la aparición de malezas resistentes
a estos productos (Lutman 1999).
d. Las variedades resistentes a los herbicidas potencialmente podrían
convertirse en malezas importantes en otros cultivos (Duke 1996, Holst
y Le baron 1990).
e. El uso masivo de cultivos Bt afecta a los organismos que no son
su blanco (especies que no son plagas) y a los procesos ecológicos.
Evidencias recientes muestran que la toxina Bt puede afectar a los
insectos benéficos depredadores que se alimentan de las plagas
presentes en los cultivos Bt (Hilbeck et al. 1998), y que el
polen de los cultivos Bt transportado por el viento hasta la vegetación
natural aledaña puede matar a los insectos que no son el objetivo,
como la mariposa grande de alas anaranjadas con borde y venas negras (Losey
et al. 1999). Además, la toxina Bt presente en el follaje de
los cultivos transgénicos enterrados después de la cosecha puede
adherirse a los coloides del suelo hasta por tres meses, lo que afecta
negativamente las poblaciones de invertebrados del suelo como los
descomponedores de la materia orgánica (Donnegan et al.
1995, Palm . 1996).
f. Existe potencial para la recombinación en vectores que puede
generar nuevas cepas de virus, especialmente en plantas transgénicas
resistentes a estos patógenos (lograda por la inserción de genes
virales). En plantas que contienen genes de la capa de proteína,
existe la posibilidad de que estos genes sean absorbidos por virus no
relacionados, lo cual infectaría a la planta. En tales situaciones,
el gen extraño cambia la estructura de la cubierta de los virus y
puede conferirle propiedades como diferente método de transmisión
entre plantas. El segundo riesgo potencial es que la recombinación
entre los virus ARN y un gen viral ARN en un cultivo transgénico
puede producir un nuevo patógeno que provoque enfermedades más
severas. Algunos investigadores han demostrado que la recombinación
ocurre en plantas transgénicas y que bajo ciertas condiciones,
produce una nueva cepa viral con un ámbito de hospedantes diferente (Steinbrecher
1996).
La teoría ecológica predice que el panorama de homogeneización a
gran escala con cultivos transgénicos agravará los problemas ecológicos
que han sido asociados al uso del monocultivo en la agricultura. La
expansión incuestionable de esta tecnología en los países en
desarrollo podría no ser prudente o deseable. En muchos de estos países
existe gran diversidad agrícola que no debe ser inhibida o reducida
por el monocultivo extensivo, especialmente, cuando las consecuencias
de este reemplazo, son serios problemas sociales y ambientales (Altieri
1996).
Aunque las consecuencias de los riesgos ecológicos han sido
discutidas en círculos gubernamentales, internacionales y científicos,
éstas frecuentemente no se han hecho desde una perspectiva amplia, lo
cual ha ocasionado que la seriedad de los riesgos sea disminuida
(Kendall et al. 1997, Royal Society 1998). Los métodos para
la evaluación de los riegos del uso de cultivos transgénicos aún no
están totalmente desarrollados (Kjellsson y Simmsen 1994). Por tanto,
existe una preocupación justificada porque las pruebas de seguridad
biológica consideran muy poco los riesgos potenciales para el
ambiente, asociados con la producción a escala comercial de cultivos
transgénicos. La preocupación principal es que las presiones
internacionales por ganar mercados y obtener ganancias está
ocasionando que las compañías liberen cultivos transgénicos
demasiado rápido, sin las evaluaciones apropiadas sobre los impactos
a largo plazo en las personas y el ecosistema.
8. Existen muchos cuestionamientos ecológicos sobre el impacto de
los cultivos transgénicos que aún siguen sin respuesta. Muchos
grupos ambientalistas han señalado la necesidad de una regulación
apropiada que medie entre la experimentación y la liberación de
cultivos transgénicos para responder a los riesgos ambientales y
demandar una mejor evaluación y comprensión de las consecuencias
ecológicas asociadas con la ingeniería genética. Esto es clave ya
que muchos resultados del comportamiento ambiental de estos cultivos
transgénicos liberados sugieren que en el desarrollo de cultivos
resistentes, no deben solamente probarse los efectos directos en el
insecto o maleza específica, sino también los efectos indirectos en
la planta (por ej. crecimiento, contenido nutritivo, cambios metabólicos)
en el suelo y en los organismos que no son su objetivo.
Desafortunadamente, los fondos para la investigación sobre evaluación
del riesgo ambiental son muy limitados. Por ejemplo, el USDA gasta
solamente 1% de los fondos asignados en la investigación biotecnológica
sobre evaluación de riegos, aproximadamente US$1-2 millones por año.
Dado el nivel de liberación de plantas producidas mediante ingeniería
genética, estos recursos no son suficientes ni para descubrir la
punta del iceberg. Se considera que es una tragedia en desarrollo el
que tantos millones de hectáreas se sembraran con este tipo de
cultivo sin tener esquemas adecuados de control. Mundialmente, el área
dedicada a estos productos se incrementó considerablemente en 1998,
con el algodón transgénico que alcanzó 2,5 millones de ha, maíz
transgénico 8,3 millones de ha y frijol de soya 14,5 millones de ha,
ayudados por convenios de mercadeo y distribución, en los que
participan corporaciones y distribuidores en ausencia de regulaciones
en muchos países en desarrollo. La contaminación genética, a
diferencia de los derrames de aceite, no puede ser controlada
arrojando un botalón a su alrededor y por tanto sus efectos no son
recuperables y pueden ser permanentes. Como en el caso de los
plaguicidas prohibidos en los países del norte y aplicados en el sur,
no hay razón para asumir que las corporaciones dedicadas a la
ingeniería genética asumirán los costos ambientales y de salud
asociadas con el uso masivo de cultivos transgénicos en los países
en desarrollo.
9. Como el sector privado ha ejercido cada vez más dominio en la
promoción de nuevas técnicas de ingeniería genética, el sector público
ha tenido que invertir una cuota creciente de sus escasos recursos en
incrementar su capacidad en esta área en las instituciones públicas,
incluyendo el CGIAR, y en evaluar y responder a los retos planteados
al incorporar tecnologías del sector privado en los sistemas agrícolas
existentes. Tales fondos serían mucho mejor utilizados si se
dedicaron a la investigación en agricultura ecológica, ya que todos
los problemas biológicos que la ingeniería genética propone
solucionar pueden manejarse mediante técnicas agroecológicas. Los
efectos del uso de rotación de cultivos en protección y
productividad de los mismos, al igual que el uso de agentes de control
biológico para el manejo de las plagas, han sido repetidamente
confirmados con investigaciones científicas. El problema es que la
investigación en instituciones públicas refleja cada vez más los
intereses de las instituciones financieras privadas, a expensas de la
investigación de bien público, tales como el control biológico, los
sistemas de producción orgánicos y las técnicas agroecológicas. La
sociedad civil debe solicitar que las universidades y otras
organizaciones públicas realicen más investigación sobre las
alternativas a la ingeniería genética (Krimsky y Wrubel 1996).
Existe también una necesidad urgente de desafiar al sistema de
patentes y derechos de propiedad intelectual intrínseco a la
Organización Mundial del Comercio (OMC), lo cual no solamente provee
a las corporaciones multinacionales el derecho de tomar y patentar
recursos genéticos, sino también acelerará el ritmo, al cual las
fuerzas de mercado promueven el monocultivo de variedades transgénicas,
uniformes genéticamente. Con base en la historia y la teoría ecológica,
no es difícil predecir los impactos negativos en la agricultura
moderna que ocasiona tal simplificación ambiental (Altieri 1996).
10. Aunque existen algunas aplicaciones útiles de la biotecnología
(por ej. las variedades resistentes a la sequía o los cultivos
resistentes a la competencia de malezas), porque estos rasgos
deseables son poligénicos y difíciles de construir por ingeniería,
estas innovaciones tomarían por lo menos 10 años para estar listas
para su uso en el campo. Una vez disponibles y si los agricultores
pueden adquirirlos, su contribución al incremento del rendimiento de
tales variedades serían entre 20-35%; la diferencia en el rendimiento
debe provenir del manejo agrícola. Gran parte del alimento necesario
puede ser producido por los pequeños agricultores de muchos países
del mundo, utilizando tecnologías agroecológicas (Uphoff y Altieri
1999). Los nuevos modelos de desarrollo rural y tecnologías de bajos
insumos utilizados por productores y ONGs en el mundo están
contribuyendo significativamente a la seguridad alimentaria a nivel
familiar, nacional y regional en países de Africa, Asia y Latinoamérica
(Pretty 1995). Se han logrado aumentos en el rendimiento de los
cultivos al utilizar mejoras tecnológicas, basadas en los principios
agroecológicos que enfatizan la diversidad, el sinergismo, el
reciclaje y la integración; y los procesos sociales que promueven la
participación y consentimiento de la comunidad (Rosset 1999). Cuando
estos aspectos son optimizados, se logran incrementos en el
rendimiento y la estabilidad de la producción, así como en una serie
de servicios ecológicos, tales como la conservación de la
biodiversidad, la rehabilitación y conservación de suelos y aguas y
mejoras en los mecanismos de regulación natural de las plagas, entre
otros (Altieri et al. 1998). Estos resultados son un punto de partida
para lograr la seguridad alimentaria y la conservación del ambiente
en los países en desarrollo, pero su potencial y futura extensión
depende de la inversión, política, apoyo institucional y cambios de
actitud por parte de los políticos y la comunidad científica,
especialmente el CGIAR, el cual debe dedicar gran parte de sus
esfuerzos para ayudar a los 320 millones de pequeños agricultores en
zonas marginales. La falta de apoyo a quienes trabajan en investigación
y desarrollo agrícola, debido a la transferencia de los fondos y las
actividades hacia la ingeniería genética desperdiciará una
oportunidad histórica de aumentar la productividad agrícola para
alcanzar un desarrollo social económicamente viable y ambientalmente
amigable.
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